EL TERRENO
La economía nos permitió llegar a la playa mas cercana y rentar un espacio para acampar en un terreno cerca de la orilla del mar.
El calor era insoportable y las hormigas no nos dejaban de picar, pero José, milaneso nuestro perro y yo estábamos felices de salir unos días de la ciudad y su monotonía.
En las noches los moscos no dejaban de molestar, por lo que la única opción era estar encerrados dentro de la tienda de campaña, la que al transcurrir un par de horas, con el humor de los 3 parecía un temazcal .
Una mañana fuimos a conocer la playa mas cercana al “terreno” y sin dudar, sacamos las últimas monedas y billetes del presupuesto que teníamos y compramos una hamaca, teniendo así en las manos la esperanza de descansar estando elevados del suelo, donde las hormigas no nos podían masacrar.
Esa noche, el viento corrió muy fuerte y alejó a los moscos.
Después de varias cervezas el sueño me venció y me quedé dormida en la hamaca cual emperatriz maya en trono de algodón, flotando sobre el piso banal.
A media noche dejó de ventear y el sonido que predominaba era el devenir del mar que me despertó y alcancé a ver de reojo a José, que iba a checar que nadie se quisiera meter al terreno, pero pasaba el tiempo y no lo veía regresar.
De pronto, vi cómo se acercaban varias personas y entre ellos venía José.
Me levanté de la hamaca y le dije: “Oye, no. Espera. No estamos despiertos. A varios kilómetros a la redonda no hay mas gente y llevamos días solo tu, yo y milaneso en este lugar.
Seguro estamos compartiendo un sueño lúcido” , me sentí divertida al poder hacer mi voluntad dentro del sueño y por supuesto, según yo podía volar.
Cuando desperté, me encontré en las calles empinadas de una ciudad barroca del semidesierto mexicano y vi a unos metros a un grupo de chicas, muy alegres y jóvenes, vestidas con telas muy bonitas y estampados bastante originales, pero recordé que no estaba despierta, que estaba dentro de un sueño lúcido dentro del cuál desperté y ahora estaba en el bajío cuando debería de estar acostada en una hamaca a la orilla del mar.
Comencé a desesperarme y a pasar de lo lúdico y divertido a la desesperación. Quería encontrar a José, pero me di cuenta que no podía moverme, cuando logré despertar estaba en la casa donde crecí en la infancia pero sabía muy bien que no estaba despierta, porque antes estaba en una ciudad barroca y antes en un terreno donde llegó mucha gente donde estaba acampando con mi familia y antes estaba dormida a la orilla del mar en una hamaca.
Así que el sótano de la casa familiar, de donde salía música electrónica y se reflejaba una luz roja y donde probablemente estaría José no era real, por el simple hecho de que la casa familiar NO tenía sótano.
Pasé de lo divertido a la desesperación al terror porque no era posible estar en tantos sueños consiente de que estaba soñando y no poder despertar, “A lo mejor ya estoy muerta y no me he dado cuenta” pensé, y comencé a gritarle a José hasta que se me rasgó la garganta y al fin pude abrir los ojos.
Estaba acostada en la hamaca, a media noche, cerca de la orilla del mar. Aunque sabía que dentro de la tienda de campaña me asfixiaría el calor, tenía mucho miedo y quería estar con José y Milaneso
Llena de incertidumbre abrí la tienda de campaña, en la que estaban durmiendo y roncando parsimoniosamente mis amores; pero no podía confiar en lo que veía, comencé a palpar mi cuerpo, noté mi respiración agitada, algunas lágrimas empezaban a salir de mis ojos, apreté el dije en forma de cola de ballena que colgaba de mi cuello, sentí la textura de los sleepings, la arena pegada en mis pies, el pelaje de mi perro y la voz de José preguntando qué qué tenía me tranquilizó.
Tenía miedo de volver a dormir.
De cualquier manera, para esos momentos el sol ya era una bola rosa que las nubes blancas tapaban de cuando en cuando.
Y el mar, seguía rugiendo sin piedad.

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